Mi experiencia con el pueblo mapuche

Estaba yo sentada en un tronco en la comunidad de Quelhue, en el sur de Chile, cuando escuché una voz femenina que me hablaba en un idioma que no conozco. De inmediato a mi derecha vi a Rosario Colipi, de 64 años, llevaba unas ollas en sus brazos, ella es mapuche y madre de siete hijos. 

Más temprano esa mañana yo había pasado en bicicleta por su casa, andaba en busca de mapuches, hablé con su esposo, Florencio, y él me invitó a sumarme a un grupo de turistas que escucharían su historia de vida a las 12:30 de la tarde. 

Florencio

Rosario caminaba una y otra vez desde su casa hasta la “ruka” (casa) con diferentes cosas para mostrárselas a los extranjeros, comida, lana, instrumentos musicales, entre otros. Fue fácil para mí darme cuenta de que ella es la que dio vida a este proyecto hace más de 14 años.

Se ve fuerte, decidida, y tiene una magia para explicarle a los turistas cómo fue su niñez. “Éramos cinco hermanos, yo me crié descalza y estuve descalza hasta los 12 años, la vida era más sacrificada, aquí no había colegio, vino un profesor por dos años y ahí aprendí a leer y a escribir ¡con eso basta!, yo estoy aferrada a mi naturaleza”, decía mirándome de frente. Ella es la hija mayor, y le enseñaron a cocinar desde muy chiquitita, también ayudaba a sacar agua del río, cuidaba las ovejas para que el puma no se las comiera y espantaba a los pájaros en los sembradíos de cereales.

Rosario en sus labores del día a día.

Se casó a los 19 años, “acá a muchas les buscaban novio y yo no quería que me pasara eso, a Florencio lo conocí mientras él trabajaba de botero en el río Pucón”, recuerda.

La pareja crió a sus hijos en Quelhue, en una ruca que el viento destruyó el año pasado. “Hace 17 años mis hijos nos construyeron una casa y ahí vivimos pero yo no me puedo acostumbrar, tengo lavadora y no la uso, me gusta lavar con la mano”, cuenta. “Esto donde yo nací y me crié no lo cambio por nada del mundo, esta es mi cultura”. De ahí nació la idea de emprender este negocio, ella quería compartir sus costumbres con todo aquel que quisiera adentrarse en el mundo mapuche.

Rosario y Florencio en su ruka.

Me cuenta que muchas personas le decían que nadie iba a comer en la ruka porque es de tierra. “Si van a vivir la experiencia que sea la auténtica, hasta me recomendaron ponerle cerámica”. Rosario sigue levantándose a las seis de la mañana, lo hace desde niña, a esa hora tuesta el trigo y hace el pan.

Y entre el verde que adorna la zona y la paz que se respira en el lugar, ella alza su voz y habla sobre cómo se siente ante los enfrentamientos del pueblo mapuche con el gobierno chileno. “Parece que el gobierno no quiere a sus pueblos originarios”, afirma con indignación. “No sé para donde quieren ellos que los mapuches nos vayamos, que entreguemos nuestras tierras, nuestras tierras por las que lucharon siempre nuestros ancestros”. Rosario quiere que pare la violencia, quiere que los escuchen, quiere seguir viviendo en armonía con la “ñuquemapuu” (madre tierra) y con el ser humano.

Datos contacto Turismo Mapuche:

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Iva Meza

Travel Blogger en Vieneiva

Costarricense, viajo y trabajo como periodista desde cualquier parte del mundo. Amante de la naturaleza, del yoga, de la gente y sus costumbres. Voy buscando historias positivas. ¡Pura vida!

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