Mi amor por la Roja

CAPÍTULO 1

Era Julio del 2016 y yo había iniciado un viaje mochilero sin fecha de retorno, sin previa experiencia ni conocimiento de nada. Me había quedado en Cusco por un mes y camino a Bolivia había sufrido un pequeño accidente. A causa del esguince como producto de una caída, me encontrada en Bolivia sin poder caminar bien y tras tres semanas de reposo, decidí que era tiempo de moverme. Argentina o Chile. Sólo esas dos opciones. Argentina me era familiar pues tiempo atrás había vivido allá y conocía la cultura, tenía amigos y sabía qué esperar del país pero Chile me resultaba incierto; además solo  tenía 100 dólares, lo que me producía cierta preocupación y ansiedad. Tras investigar en blogs y conocer la opción de tirar dedo –algo completamente nuevo para mí- me decidí por el país del tikitikiti.

Tras horas de viaje y tres buses distintos, por fin estaba en Calama y mi primera impresión fue la de estar en un lugar inseguro. Eran horas de la tarde y muchos locales  estaban cerrados, pregunté por una casa de cambio y me dirigí hacia ella pero también estaba cerrada. Me urgía cambiar algo de dinero pues ya tenía que empezar mi camino rumbo a Santiago, el lugar que había elegido como primer destino. Para ser honesta, en ese momento no se me ocurría recorrer Chile sino que quería llegar al lugar en el que tenía, al menos, un conocido. Sí, era temerosa pero a mi favor diré que era la primera vez que viajaba completamente sola a otro país.

Entrada a Calama, en el norte de Chile.

Bien, por fin encontré una casa abierta. Fueron $40 USD a cambio de $24,000 CL y unos pesos más. Pregunté qué micro me dejaba en la autopista, me subí y le pedí al chofer que por favor me avisara en dónde debía bajar para hacer dedo. Ahora me da gracia recordarlo.

Listo. Ya estaba en la autopista

Y ahora… qué vergüenza levantar el pulgar. Vamos, tú puedes. Ahí, ya va subiendo la manito y ahora el dedo. Eso, ya está. Lo había logrado.

Pasaron unos minutos y un auto se detuvo, me preguntó hacia dónde iba y le dije que a Santiago.

Ah, estás en la dirección equivocada, tienes que hacer dedo hacía allá – me dijo, señalando la dirección correcta.

Perfecto. Tenía una venda en el pie y estaba cojeando un poco y la mochila con, felizmente, alrededor de 13 kilos y no más pero todo bien, podía caminar más.

Me posicioné, ahora sí, en la dirección correcta y tras unos minutos una camioneta particular se detuvo. Me llevó hasta un lugar llamado Sierra Gorda. Yo andaba medio nerviosa y con algo de temor observando el auto por si notaba algo extraño. Lo recuerdo y en serio que no puedo evitar sonreír. El hombre o caballero como dicen allá, resultó ser bien agradable y hasta su bendición me dio. ¡Gracias buen hombre! Pero no se compararía al personaje que viene a continuación.

Andaba haciendo dedo – aún con timidez – en alguna parte de Sierra Gorda cuando en cuestión de minutos un camión que iba cerca a Antofagasta paró. Wow. Ya estamos hablando de algo grande, de algo serio. Ahora sí sería una real mochilera (Emoji llorando de risa). Quisiera recordar los nombres de todos los camioneros que conocí a lo largo de 18 meses mochileando pero sólo recuerdo a uno que les presentaré después.

Tras conversar de la situación de nuestros países y contarle que quería pasar la noche en Antofagasta para al día siguiente seguir el camino, el amable camionero, llamémosle Pancho, me recomendó que en lugar de gastar una noche en hospedaje pagara un boleto de bus que me llevaría directo a Santiago y en donde tendría la comida incluida. También me dijo que la otra opción era seguir haciendo dedo pero que no lo recomendaba por estar en medio del desierto, además ya estaba anocheciendo y eventualmente la persona que me llevara tendría que detenerse a dormir y pues. ¿Quería dormir con un desconocido?

Cerca del peaje hay buses que se detienen e incluso cobran menos, si quieres yo te ayudo – Me dijo amablemente.

¡Qué cara habré tenido en ese momento! No sabía que esas experiencias eran el inicio de un gran cambio en mi vida. No sé si tu creas, en ese momento yo no quería hacerlo, pero al recordar lo que viví  confirmo que en todo mi viaje fui protegida, como si estuviera dentro de una burbuja.

Entonces Pancho se paró en la autopista mientras yo esperaba en el camión y una empresa de buses conocida se detuvo. Me cargó la mochila, me ayudó a bajar y nos despedimos.  ¡Gracias Pancho, siempre te recordaré!

Era mi segundo día de viaje y estaba cansada, no había comido ni tomado nada porque no había llevado suficientes reservas para el camino – error de novata – sin embargo no me percaté sino hasta que subí al bus. El auxiliar me ubicó en un asiento del segundo piso y me cobró la tarifa del pasaje: $24,000 redondos. OMG. No recuerdo cuánto me quedaba pero con seguridad menos de $5,000 más $60 USD.

Nos dieron la cena que no incluía bebida. A ese punto ya estaba deshidratada e hice algo que no imaginé: le pregunté a la mujer que estaba sentada junto a mí si por favor me podía invitar un poco de su bebida (mi cara de horror). Amablemente me respondió que sí y tomé como si fuera la última coca cola en el desierto. Curiosamente y en mi estado, ¡esto fue literal!

Ciudad de Calama.

Luego se me ocurrió pedirle al auxiliar si por favor podía invitarme un poco de agua y gentilmente me dio de su botella. Además me dijo:

Cuando lleguemos a La Serena te bajas del bus y luego que suban los pasajeros te doy otro asiento, ¿ok? – Claro, entendí que mi boleto era clandestino. Tan ingenua yo.

Llegamos a La Serena muy temprano, calculo que alrededor de las 5:00 a.m. y el auxiliar me despertó. Me bajé esperando a que todos subieran para al final hacerlo yo.

Oh si, qué maravilla. No puedo creer que todo esté saliendo tan bien – Pensé desde mi asiento que más parecía un sillón, no compartía el espacio con nadie y habían sólo unos cuantos pasajeros a mi alrededor. Estaba en la parte vip. ¡Gracias auxiliar, también te recordaré por siempre!

Dormí tan plácidamente que no noté cuando llegamos a la terminal de Santiago.

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Keri Recabarren

Comunicadora y Travel Blogger

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