Puerto Varas, La chocolatería belga y las 3 mosqueteras

Capítulo 4

La despedida de David y Claus me afectó más de lo que imaginé y, aunque no quería, no pude evitar volver a deprimirme; sin embargo, tenía que seguir el camino.

Nuevamente sola me fui a Puerto Varas a trabajar como voluntaria en una tienda de Chocolates Belgas a cambio de casa y hospedaje. Cabe recalcar que esta experiencia fue hermosa y que yo estaba realmente extasiada a causa de mi adicción a los chocolates (emoji con baba). Esta vez viviría con la dueña, Dominique, una mujer belga que se había mudado a Chile y de quien aprendí mucho sobre disciplina, esfuerzo y con quien además disfrutaba conversar, contarle mis enredos y proyectos sin definir.

Dominique cuando visité su chocolatería 2 años después

Fueron 2 semanas en las que aprendí el proceso del chocolate –evidentemente- y me enteré de los distintos tipos que existían, también me encargaba de empacar la producción y atender a los clientes. Mi rutina consistía en trabajar cuatro horas diarias de lunes a viernes y después, tiempo libre. Nada mal para alguien que quiere conocer la zona ¿cierto?, además, no sólo me culturicé sobre el mundo del chocolate sino que también aprendí a ser consumidora responsable. ¿Ejemplo? Como una de las normas del hogar, tenía que ducharme en tan sólo 2 minutos y aunque al inicio creí que sería imposible, rápidamente descubrí que era más que suficiente. También tenía que reciclar y adoptar otros hábitos pro ambientalistas. Con total seguridad la experiencia con Dominique fue muy linda y de los mejores voluntariados que he tenido. ¡Gracias Dom!

Luego de esos días lindos, pero solos, me fui a trabajar a un hostel creyendo que sería buena idea socializar con otros viajeros y para mi alegría, no me equivoqué. Fue así como me volví a encontrar con Ana, con quien meses atrás había trabajado como voluntaria en Bariloche y a quien tenía mucho aprecio. En ese entonces ella tenía 21 años y había iniciado su viaje en Brasil, luego Argentina y planeaba recorrer toda Sudamérica a dedo, ¡qué agallas!

 Ale, Ana y Keri en el hostel.

La otra voluntaria era Alejandra, de México, una chica bastante graciosa, sociable y divertida, instructora de pilates que vivía en Uruguay pero que a causa de una ruptura amorosa había elegido Puerto Varas como el lugar perfecto para cambiar de ambiente y respirar por un par de meses.

Inevitablemente las chicas y yo nos volvimos algo así como las 3 mosqueteras, disfrutábamos de comidas deliciosas y de muchas risas; durante las noches Ana y yo salíamos a correr por la hermosa costanera de Puerto Varas y, entre conversaciones, acordamos que algún día iríamos a comer a algún lindo café, quizá “cuico”. Ahora lo recuerdo con gracia y nostalgia pues en ese entonces las dos estábamos más pobres que el Chavo del 8 y, como resultado, tratábamos de ahorrar dinero al máximo lo que implicaba abstenerse de algunos antojos, la parte “penca” de viajar con muy poco –o nulo- presupuesto, ¿eh?

Todo marchaba de maravilla y Ale nos enseñó algo que cambió mi vida: a agradecer. Así, cada vez que comíamos juntas agradecíamos por los alimentos, luego por las cosas lindas que nos habían pasado durante el día y así, sin notarlo, empecé a sentirme muy alegre y a enfocarme en las cosas positivas de mi vida. Recuerdo agradecer por trabajar en ese hostel, por tener agua caliente, por dormir en una pieza con una voluntaria y no con 5 o 6, agradecer porque los alimentos que recibíamos eran buenos y naturales, por ducharme con agua caliente, porque el hostel contaba con una secadora para el pelo, agradecer porque a los voluntarios no nos cobraban el servicio de lavandería y porque además del hospedaje y comida me iban a pagar $60.000 CLP. En fin, habían tantas cosas “pequeñas” que me hacían sentir tan bendecida que pensé: ¿por qué no hice esto antes?

Las semanas pasaron y entendí que no sólo de voluntariados podía vivir; si quería seguir viajando debería arreglármelas para ganar dinero en el camino y fue así como di origen a mi marca de postres “Sweetpacker” siguiendo el consejo de Catita, una viajera que ya tenía más de un mes alojada en el hostel y que costeaba sus viajes dando clases particulares de maquillaje en cada lugar al que llegaba, ¡todo un ejemplo de emprendedora!, la idea me encantó y decidí unir las dos cosas que me encantaban: viajar y hacer postres. Isa, la administradora, me dio permiso para usar la cocina y vender mis delicias a los pasajeros dando inicio a Sweetpacker, la mochilera que vendía postres en cada lugar que visitaba. Ya con algo de dinero y tras mes y medio en Puerto Varas seguí mi rumbo hacia Puerto Natales con el buen Luis. ¿Quieren saber quién es Luis? Esperen el siguiente capítulo.

Sweetpacker, mi marca de postres.

Y para retomar el hábito, termino esta historia agradeciendo: gracias Ana y Alejandra por los lindos momentos compartidos, gracias Catita por inspirarme y motivarme, gracias Isa por apoyarme con la marca y ¡gracias a ustedes por tomarse el tiempo de leerme!

Si quieres conocer este viaje desde un comienzo, puedes hacerlo pinchando aquí Capítulo 1: Mi amor por la Roja

Keri Recabarren

Comunicadora y Travel Blogger

Escribo artículos de mis experiencias de viajes y soy conductora del programa «Te veo en la ruta» en mi canal de YouTube. También organizo viajes para Cusco, Arequipa, Puno y Ayacucho.

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